miércoles, 4 de febrero de 2015

La máquina loca del loco amor


Habitualmente uno usa este espacio para poner su nombre e información vital sobre uno. Yo no voy a hacerlo, pues mi identidad es indiferente. Deciros que trabajo de cardiólogo en un gran hospital de una gran ciudad, y, desde luego nunca antes me ocurrió lo que me sucedió aquel gris día de febrero, cuando a mi consulta llegó un tipo muy misterioso, con una dolencia aún peor...

Paso hará unos meses pero lo recuerdo como si hubiera sido hoy mismo. Había sido un día bastante tranquilo, únicamente tuve tres pacientes en todo el día así que me dediqué a rellenar informes, que es lo que solemos hacer los médicos en los días tranquilos. No me acuerdo el día exactamente pero recuerdo que estaba a mitad de semana, esos días, salvo raras excepciones suelen ser tranquilos. 

De repente a mitad de mañana la enfermera entra estrepitosamente en la consulta.
-Doctor, en la sala hay un señor que insiste en pasar. 
-¿Tiene cita?
-Me ha dado su nombre pero no consta en nuestros registros, el insiste que es de vital importancia que usted lo revise, dice que le duele el pecho y le cuesta respirar desde hace bastante tiempo.
-Esta bien, hazle pasar, total no hay nadie mas en la sala, ¿verdad?
-No no hay nadie más, ahor.... -Apenas terminaba la enfermera su frase cuando la puerta se abrió. Detrás de ella estaba ese hombre que paso y se sentó en una banca de la consulta sin que nadie le invitara a pasar. Nunca podré olvidar como vestía. No parecía de este siglo la verdad. 

Llevaba una gabardina color marrón grisáceo que le llegaba hasta los pies. He de reconocer que el tiempo era bastante inclemente pero esa gabardina era extraña, no se como decirlo, nunca la había visto lucirla a nadie y menos a alguien con semejante cortesía como aquel hombre. El cuello de la gabardina estaba levantado y la llevaba abrochada hasta arriba del todo. En la cabeza llevaba un sombrero negro como la noche mas oscura y cuya ala se extendía de modo que cubría parcialmente su rostro. Únicamente pude contemplar la parte de abajo, su boca era pequeña y sus comisuras marcadas. 

Sus pasos eran, lentos, firmes, y demasiado elegantes, tanto que en mi vida he visto pasos semejantes, decididos, seguros. Sus zapatos eran color marrón oscuro, tanto que al principio lo confundí con negro. La enfermera al igual que yo estaba atónita, sus ojos como platos y su cara y la mía no reflejaban otra expresión que no fuera de asombro. Mientras el hombre de una forma cortés se sentaba en aquella banqueta, la enfermera haciendo un gesto de cerrar la boca con sus manos, salió por patas de allí. 

Estaba asustada, yo también. Me quede en mi posición analizando a ese hombre con la mirada. ¡NO SABIA QUE DECIR! Me quedé congelado pensando como saludar a aquel misterioso hombre, quien no apartaba la mirada del suelo blanquecino de mi consulta. 
-Perdone... ¿Le ocurre algo?
-Antes de empezar a hablar, ¿podría decirle a su enfermera que dejara de acercar el oído a la puerta? -dijo aquel hombre con un tono grave pero pausado, y, porque no decirlo, bastante varonil. Mi asombro creció con esas palabras, así que me levanté temeroso y me dirigía hacia la puerta cuando el hombre me detuvo.
-No se moleste, se ha ido. 
-¡¿CÓMO SABIA USTED QUE CARMEN ESTABA DETRÁS DE LA PUERTA?!
-Bueno, simplemente oí su vaho en la puerta, cosa que no me cae del todo bien.
-Explíqueme ya que le ocurre, me tiene intrigado.
-Verá, lo que me ocurre es lo siguiente, la verdad he sido un hombre bastante bohemio y bastante enamoradizo. 




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